Hay momentos en los que la vida de Ramiro parece una sala de espera.
No una sala de hospital aunque algo de eso tiene, sino una de esas en las que no sabés bien qué estás esperando. Un número que no aparece en la pantalla. Un nombre que no llaman. O peor: la sensación de que quizás te olvidaste para qué viniste.
Se muda solo hace poco. El silencio del lugar nuevo no es como lo imaginaba. No es libertad pura. Es más bien un eco. Cada cosa que hace abrir la heladera, apoyar las llaves, prender la tele sin mirar suena un poco más fuerte de lo normal, como si el departamento le devolviera todo lo que él no termina de decir.
Deja trabajos. Empieza otros. Como quien cambia de estación buscando una canción que le cierre, pero ninguna termina de engancharlo del todo. Igual sigue. Porque parar tampoco es opción.
Las noches son otra cosa.
A veces agarra la guitarra. No siempre con ganas, pero sí con necesidad. Toca canciones que ya conoce, como si en eso hubiera algo seguro. Algo que no lo rechaza. Algunas letras le pegan distinto ahora. Frases que antes pasan de largo, ahora se quedan. Como si alguien hubiera escrito eso pensando en él, años antes.
Y después está lo otro.
Esa incomodidad que aparece cuando piensa en los demás. En las mujeres. En la idea de gustar. En la posibilidad o imposibilidad de ser elegido. No es que no lo intente. Es más bien que, incluso antes de empezar, ya siente el golpe. Como si el rechazo fuera una escena adelantada que no puede dejar de ver.
Entonces duda. Se retrae. Analiza demasiado. Y mientras tanto, la vida pasa en modo casi.
Pero hay algo que no encaja con esa imagen de derrota.
Porque Ramiro no deja de intentar.
Se levanta. Va a trabajar. Arranca cosas nuevas aunque no tenga garantías. Se sostiene incluso cuando siente que no alcanza. Y eso aunque no lo registre del todo no es menor. Hay una insistencia ahí. Una especie de terquedad silenciosa.
No es épica. No es heroica. Pero es real.
Y en medio de todo eso, hay pequeños momentos.
Un acorde que suena mejor de lo esperado.
Un video que lo hace reír sin pensar.
Una conversación que no sale tan mal como imaginaba.
Nada espectacular. Pero suficiente para que algo no se rompa del todo.
Tal vez su historia no es la de alguien que ya llegó.
Tal vez es la de alguien que todavía está aprendiendo a quedarse.
A bancarse.
A entenderse.
A no irse de sí mismo cuando las cosas se ponen incómodas.
Y si hay algo que define su vida, no es la falta de certezas.
Es que, incluso sin ellas, sigue.
Como una canción que no termina de resolver, pero tampoco se corta.
No una sala de hospital aunque algo de eso tiene, sino una de esas en las que no sabés bien qué estás esperando. Un número que no aparece en la pantalla. Un nombre que no llaman. O peor: la sensación de que quizás te olvidaste para qué viniste.
Se muda solo hace poco. El silencio del lugar nuevo no es como lo imaginaba. No es libertad pura. Es más bien un eco. Cada cosa que hace abrir la heladera, apoyar las llaves, prender la tele sin mirar suena un poco más fuerte de lo normal, como si el departamento le devolviera todo lo que él no termina de decir.
Deja trabajos. Empieza otros. Como quien cambia de estación buscando una canción que le cierre, pero ninguna termina de engancharlo del todo. Igual sigue. Porque parar tampoco es opción.
Las noches son otra cosa.
A veces agarra la guitarra. No siempre con ganas, pero sí con necesidad. Toca canciones que ya conoce, como si en eso hubiera algo seguro. Algo que no lo rechaza. Algunas letras le pegan distinto ahora. Frases que antes pasan de largo, ahora se quedan. Como si alguien hubiera escrito eso pensando en él, años antes.
Y después está lo otro.
Esa incomodidad que aparece cuando piensa en los demás. En las mujeres. En la idea de gustar. En la posibilidad o imposibilidad de ser elegido. No es que no lo intente. Es más bien que, incluso antes de empezar, ya siente el golpe. Como si el rechazo fuera una escena adelantada que no puede dejar de ver.
Entonces duda. Se retrae. Analiza demasiado. Y mientras tanto, la vida pasa en modo casi.
Pero hay algo que no encaja con esa imagen de derrota.
Porque Ramiro no deja de intentar.
Se levanta. Va a trabajar. Arranca cosas nuevas aunque no tenga garantías. Se sostiene incluso cuando siente que no alcanza. Y eso aunque no lo registre del todo no es menor. Hay una insistencia ahí. Una especie de terquedad silenciosa.
No es épica. No es heroica. Pero es real.
Y en medio de todo eso, hay pequeños momentos.
Un acorde que suena mejor de lo esperado.
Un video que lo hace reír sin pensar.
Una conversación que no sale tan mal como imaginaba.
Nada espectacular. Pero suficiente para que algo no se rompa del todo.
Tal vez su historia no es la de alguien que ya llegó.
Tal vez es la de alguien que todavía está aprendiendo a quedarse.
A bancarse.
A entenderse.
A no irse de sí mismo cuando las cosas se ponen incómodas.
Y si hay algo que define su vida, no es la falta de certezas.
Es que, incluso sin ellas, sigue.
Como una canción que no termina de resolver, pero tampoco se corta.
Vernon

